HISTÒRIA

 YO (NO) QUERÍA JUGAR 

Es viernes. Hoy tengo clase de baloncesto a primera hora. De camino a la facultad me encuentro a algunos compañeros y comentamos que solo nos queda un año para terminar. ¡Hace ya tres años que entré en la facultad! Parece que fue ayer. Escogí esta carrera porque siempre he hecho deporte. En el colegio se me daba bien. Incluso jugaba con los chicos en el patio, aunque tuviese que aguantar algunos comentarios despectivos. El deporte siempre ha sido para mí un lugar en el que desconectar, sentirme bien y superarme, por lo que estudiar ciencias del deporte me pareció la mejor opción.

Entramos en la cancha de baloncesto y nos sentamos en las gradas. El profesor, Julián, espera en la pista. Tras un poco de teoría, nos disponemos a realizar la parte práctica. Julián dirige el calentamiento. Nos ordenamos por parejas libremente. El ejercicio consiste en ir y volver hasta la línea de fondo haciendo un ejercicio con el balón, y luego que nuestra pareja lo repita. Explica que, para fomentar la participación, la pareja que llegue la última realizará cinco flexiones, abdominales o burpees, según la serie.

El primer ejercicio consiste en ir dando vueltas con el balón sobre la cintura con las manos sin que éste caiga, y volver botándolo entre las piernas. Me pongo con mi amiga Mireia y acordamos que será ella la que salga primero. Una vez nos colocamos, a la señal de “¡Preparados, listos, ya!” corre hacia la línea de fondo a toda velocidad, dando vueltas con el balón con las manos como se había indicado. Sale con el grupo, pero va avanzando a trompicones. Consigue hacer presión con el balón sobre el cuerpo, pero comienza a liarse con el cambio de mano, por lo que seguir el ritmo de los demás empieza a complicarse. Aun así, llega más o menos a la línea de fondo con el resto, aunque un poco más atrás. Ahora le toca cambiar de ejercicio y este le resulta más difícil. Mientras vuelve, Mireia se va descolgando poco a poco del grupo y se abre espacio entre ella y el resto de nuestros compañeros. Me estremezco viéndola porque sé lo que se siente estando en medio de la pista, observada por el resto. Han sido muchas las veces que me he esforzado por realizar un ejercicio con el resto de la clase clavando su mirada en mí, mientras yo era incapaz de hacerlo bien. De todos modos, todos animamos a nuestras parejas como si fuera una competición. Yo aplaudo a Mireia con todas mis fuerzas.

Veo cómo se esfuerza todo lo que puede. Aunque rezagada, llega donde estoy yo, y me pasa la pelota. Es mi turno. Salgo y corro todo lo rápido que mis piernas me permiten. Pero la pelota es demasiado grande para mis manos, y no para de resbalarse y caerse al suelo. Intento concentrarme en la pelota, y me digo a mí misma: “¡Vamos Marta, que no es tan difícil!”. Sigo intentando hacer rodar la pelota por mi cuerpo y avanzando a mi máxima velocidad sin tropezar. Levanto la mirada y todos mis compañeros ya están volviendo. Me cago en todo mientras llego como puedo a la línea de fondo, pero solo de pensar que ahora tengo que botar el balón entre mis piernas, me pongo muy nerviosa. Las manos me sudan y las piernas me empiezan a temblar. Me dispongo a volver. La pelota toca la cara interna de mi rodilla y se va botando hacia la derecha. Pienso, ‘otra vez’. Noto cada vez mi pulso más acelerado y un atisbo de pesimismo me recorre el cuerpo. Aun así, corro rápido hasta atraparla para volverlo a intentar. Repaso la técnica mentalmente: “¡Uno, dos, abre y acompaña!”. Voy a ello.

De nuevo lo hago mal. Esta vez la pelota choca con mi pie y sale disparada hacia delante. “Al menos ahora me ahorro unos metros de pista…”, me digo mentalmente para consolarme. Me adelanto corriendo para recoger la pelota y volver a intentarlo, deseando tener esta vez más suerte. Miro delante y todos mis compañeros ya están de pie, enfrente de mí, observando mis repetidos intentos fallidos. Oigo risas de fondo y algún que otro: ¡Vamos Marta, que te pesa el culo! ¿No te cabe entre las piernas? Empiezo a cabrearme. “Otra vez no” me digo. Y de nuevo, ya sin ganas, lanzo el balón entre mis piernas, pero bota muy alto y no consigo pasarlo al otro lado. Cae y se queda clavado a mi lado. Me noto ruborizada, con el corazón palpitando a toda velocidad. Una notable rigidez petrifica mis hombros, y la incomodidad me invade por dentro. Con el rabillo del ojo percibo al grupito de José riéndose de mí, mientras yo estoy en frente, sin poder hacerlo bien ni una sola vez a pesar de mis esfuerzos. Se creen los mejores de la clase, burlándose de los demás como si eso les hiciera ser mejores a ellos. Lo malo es que en realidad lo son: ¡Son los mejores! Y no solo en esta clase de baloncesto, sino en el resto de clases prácticas.

Asumo que no voy a saber realizar el ejercicio, así que cojo el balón y opto por dejar de intentarlo. Corro lo más rápido posible hasta donde están mis compañeros para no seguir siendo el centro de atención. Veo miradas cómplices entre mis compañeros, incluso como Josep le da un codazo a Miguel para señalarme mientras vuelvo. Al otro lado de la cancha, como de costumbre, José y sus amigos se ríen mientras Julián nos manda a mi compañera y a mí hacer las flexiones de castigo. Nos miran desde arriba, y yo los veo desde abajo. Miran las primeras repeticiones, y luego dejan de prestarnos atención. Justo cuando más nítidamente siento que me gustaría irme de la clase, me acuden a la mente imágenes de antiguos compañeros del colegio haciendo exactamente lo que ahora me está tocando hacer a mí. Entonces no me daba cuenta, pero sin duda debían sentir algo parecido a lo que siento yo: impotencia, rabia, vergüenza. Finalizadas las flexiones, intento concentrarme en la clase, pero no puedo. Estoy indignada. Estoy harta de que seamos siempre nosotras las que hagamos el castigo y a Julián le dé exactamente igual.

Me miro el reloj continuamente. Solo quiero que pase rápido, pero todavía falta mucho para que termine la clase. Y sé que nada va a cambiar. Todo el rato ocurre lo mismo. Nosotras quedamos las últimas y hacemos el ejercicio de castigo que toca en cada ronda. Se ha convertido en una rutina, en una parte más de la clase: ver a Marta y Mireia hacer flexiones. Empiezo a sentirme culpable, y es que sé que por mucho que lo intente no voy a conseguir hacerlo bien. ¿Qué está mal, qué pasa conmigo? Puede que haya mejorado algo desde el inicio de las clases, pero como el resto ejecuta tan bien los ejercicios, mi progreso resulta insignificante a la vista de los demás, incluido Julián. Y para colmo, tengo que aguantar las pullitas de José.... Eso me pone aún más nerviosa, y todo me sale peor. Tengo un nudo en la tripa. Parece que el resto se lo pasa bien. Yo me pongo tensa ante cada explicación de un nuevo ejercicio, esperando inútilmente que sea un poco más fácil para no quedar en evidencia. Julián, al terminar el calentamiento nos pregunta: “¿Qué tal? ¿Os ha gustado el inicio de la sesión?”. Todos al unísono responden con un claro ‘¡Sí!’. Yo me limito a agachar la cabeza, y entremezclo mi voz con la de mis compañeros diciendo que sí con voz baja.

Veinte minutos antes de terminar, Julián decide que organicemos tres equipos para jugar un Rey de la pista. Luís, Miguel y Carlos salen como voluntarios para elegir a modo de capitanes los componentes de sus respectivos equipos. Empiezan a decir nombres: José, Ángel, Adrián, Víctor… Mi mirada se desvía hacía el suelo cuando veo que cada vez somos menos los que quedamos sin equipo. Siguen eligiendo a mis compañeros: Dani, Miguel, Carla… y cuando vuelvo a levantar la vista sólo quedamos Mireia y yo, y el profesor nos da la opción de que elijamos nosotras equipo por haber quedado las últimas. ¿Y qué más da? Me resulta indiferente con quien jugar. Es obvio que para el resto somos más bien un estorbo.

Finalmente acabo decantándome por el equipo de Miguel, donde está Carla e igual puedo tocar un poco la pelota. Al acercarme a ese equipo, dos compañeros cruzan miradas, mientras uno le dice al otro: ¡Joder tío, ya nos ha tocado…! Y yo, que lo oigo perfectamente, paso con la cabeza gacha por su lado, sin decir nada, evitando mirarlos. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Se inicia el partido. Adrián, que tiene la pelota, se la pasa a Miguel, y éste a José, empezando a correr de banda a banda, acercándose a la canasta contraria. Se producen un par de pases, y se acerca la oportunidad de tiro. Todos los integrantes de mi equipo salvo yo están cubiertos por algún defensor. Ni siquiera se molestan en defenderme. El balón está en posesión de José, que se ha dado cuenta de que estoy libre para pasármela, pero su mirada se desvía a derecha e izquierda buscando el apoyo de otro compañero. Levanto los brazos agitadamente haciendo ver que estoy a su lado, desmarcada, pero al cruzarse nuestras miradas por un instante, entiendo que no quiere pasármela. Finalmente, al no haber otra opción se ve forzado a hacerlo. Veo cómo el balón va por el aire, como a cámara lenta, y pongo todos mis sentidos en juego para atraparlo. Pero cuando entra en contacto con mis dedos, la pelota se escapa, yendo hacía un lado de la cancha. Voy en su busca, corriendo todo lo rápido que puedo, pero cuando llego ya es tarde. Levanto la mirada y el balón está en manos del equipo contrario, que hace un contraataque de libro. Por si todavía no me había quedado claro quién tiene la culpa, mis compañeros de equipo me miran enfadados antes de ir a la contra para evitar la canasta. “Es la primera jugada” me digo a mí misma a modo de consuelo, e intento convencerme de que el partido acaba de empezar.

Seguimos jugando y corremos para defender. Yo voy siguiendo a Pedro, el adversario que me toca defender, y me da la sensación de que voy más bien persiguiéndolo como un perrito faldero. Cada vez que consigo alcanzarlo ya se ha escapado, desmarcándose de mí sin ninguna dificultad. Y aunque levanto todo lo que puedo los brazos soy demasiado baja para conseguir interceptar algún pase. Sé que mi intento de defensa es patético, y que lo estoy haciendo en vano, pero no sé, no puedo hacerlo mejor. Sigo corriendo detrás de mi oponente para aparentar que ayudo al equipo, aunque tanto ellos como yo saben que si no estuviera no se notaría mi ausencia. Soy a la vez la más visible y la más invisible. No consigo tocar la pelota, y si lo hago es para fastidiarla. Me doy cuenta de que la única vez en todo el partido que he conseguido hacer algo con el balón ha sido en la primera jugada, cuando he fallado. El resto del partido me he limitado a correr de extremo a extremo del campo sin que nadie me pasara la pelota, ni poder arrebatársela a nadie. Vamos 18-12, y comienzo a desear que nos hagan la última canasta para descansar. Pero mis compañeros se esmeran en defensa. Tengo la impresión de que lo único que les importa es ganar y demostrar que son los mejores sin importar qué pasa a su alrededor. ¿Era yo así cuando estaba en la escuela y en el instituto?

Entonces, las clases de Educación Física me encantaban. Entonces sí era buena en los deportes que nos proponían. Era más ágil que muchas de mis compañeras. Contaban conmigo para formar los equipos, ayudaba a ganar. Eso me confería cierta popularidad. Era importante ser buena en Educación Física y correr rápido si querías que te quisieran en un equipo. Parece obvio, pero nunca me había dado cuenta de eso, de que la posibilidad real de jugar dependía de lo bueno que fueras… Pienso en mis antiguos compañeros del colegio, en los que entonces eran los malos de la clase: Carmen, Ana, Carlos, Paula, Sofía a la que llamábamos Sofoca… Seguramente se sentían entonces como yo ahora, experimentando que no tiene sentido estar en la cancha, que no valgo para esto, cuando es una de las cosas que más me gusta hacer. ‘Esto no es para mí’, oía decir a amigas mías de la infancia. Entonces no las entendía, ni por asomo pensaba que podría experimentar algo parecido. No sé qué ha cambiado. Si seré yo, mis nuevos compañeros de clase que son más aventajados, quizá la dirección del profesor que solo beneficia a los compañeros más buenos. El caso es que ahora entiendo lo que querían decir.

El silbato de Julián anuncia el resultado. Nos toca descansar. Para mí es un alivio. Siento pena por perder, pero a la vez un sentimiento de liberación inunda mi cuerpo. Por fin puedo salir de la cancha y que dejen de ver cómo hago el ridículo. Oigo las quejas de los demás, mientras todos nos dirigimos al banquillo. Cuando nos sentamos, Miguel dice: ‘¡Ánimo equipo! Aún nos dará tiempo de volver a salir al campo a jugar otra’.

Comentarios

Entradas populares de este blog

BENVINGUDA

ARTICLE